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Cuesta creer que en este lugar junto al Nilo, cerca de la sexta catarata y a unos doscientos km. al norte de Jartum, hubiese alguna vez una ciudad, fértiles cultivos y una corte de influencia egipcia. En la actualidad un bosquete de acacias plagadas de nidos sobrevive a duras penas entre muros en ruinas, arena y polvo. El río humedece una franja tan estrecha que casi no da para ser cultivada. La temperatura es infernal la mayor parte del año, y “lluvia” es una palabra sin significado aparente. Una decena de casuchas guarece a varias familias que sobreviven a duras penas con algunos rebaños de cabras y camellos, los únicos animales capaces de arrancar algo de alimento en esta tierra olvidada por Amón, o por su equivalente nubio, Apedemak. Este lugar es, o fue, Meroe, capital del reino de Kush entre el siglo V a.C. y el III d.C. Y decimos fue, porque una ciudad del tamaño que le presuponen los arqueólogos (25.000 habitantes), no habría podido sobrevivir en las condiciones actuales. Hay evidencias de que un brazo del Nilo corrió más al este y el caudal habría sido mayor hacia el siglo III a.C. que ahora, por lo que es probable que la ciudad estuviese situada en una isla en mitad del río. Eso habría proporcionado a sus habitantes dos factores claves: una localización fácil de defender y agua abundante.

Tumba con pilonos y cámara de acceso a la tumba (reconstruidos), situadas en la cara este de una pirámide

Meroe formó parte del reino de Kush como ciudad subordinada a la capital, Napata, y se sabe que Tanutamón (664–656 a.C.), sucesor del faraón Taharqa, tuvo una residencia real allí.

Una incursión de Psamético II hasta Nubia destruyó Napata (ca. 590 a.C.) y en años posteriores varios reyes kushitas construirían templos a divinidades egipcio-kushitas en Meroe. Es muy probable que por entonces el centro de poder se trasladase a Meroe para alejarlo de los peligros del norte. Una inscripción del rey Irike-Amanote (s. V a.C.) certifica que la corte residía en Meroe. No obstante, el santuario más importante siguió siendo el templo de Amón en Jebel Barkal, junto a Napata (vid. artículo sobre los faraones kushitas en esta misma Web). Y esa referencia religiosa condicionó también las costumbres funerarias, pues los reyes seguían siendo enterrados, según la tradición, en la vieja necrópolis de Nuri. De esa época es una mención de Herodoto a “la gran ciudad capital de otra casta de etíopes”, en el lejano sur, que él llama Meroe.

En varias pirámides de la necrópolis norte quedan restos de los pilonos y de la antesala

La tradición se rompe en el siglo III a.C. durante el reinado de Arkamani (Ergámenes en la versión griega) (295-275 a.C.), quien a raíz de un enfrentamiento con el clero de Amón en Jebel Barkal decide trasladar la necrópolis real y el culto a Meroe. Él será el primer rey kushita enterrado en una de las pirámides oscuras que hoy día sorprenden al viajero asomando entre dunas; y posiblemente fue el primero en fomentar el culto a la divinidad local Apedemak, el león, en detrimento de Amón. Diodoro de Sicilia cuenta los hechos de la siguiente manera:

 “Durante el reino del segundo de los Ptolomeos, Ergámenes, rey de los etíopes, que había sido instruido en la filosofía griega, fue el primero en desobedecer el mandato [de abandonar el trono porque el oráculo de Amón en Jebel Barkal le consideraba no apto para continuar reinando]. Con la digna determinación de un rey, llegó con un grupo de gente armada al santuario del templo dorado de los etíopes y masacró a todos los sacerdotes. Después abolió esta tradición absurda [que el oráculo de Amón determinase quien ocupaba el trono y la duración del reinado], e instituyó prácticas a su conveniencia.” (Diodoro, III, VI)

Estos hechos no supusieron un corte en las relaciones con Egipto, pues se sabe de la colaboración de Ergámenes en la construcción de un templo en Dakka, pero sí hubo cambios sustanciales en la corte kushita, como el de sustituir la escritura egipcia por la meroítica. En los ritos fúnebres se adoptaron vestimentas y ajuares nubios sobre imágenes de tradición egipcia.

Relaciones con Roma

Con la llegada de los romanos a Egipto se produjo un enfrentamiento entre estos y los kushitas a costa de las fronteras en Nubia. Las tropas de Meroe asaltaron Aswan y Elefantina hacia el 25 a.C., llevándose entre el botín varias estatuas de Augusto. En represalia, el prefecto Gaius Petronius se encaminó hacia Meroe con sus legiones. No hubo enfrentamiento armado después de todo, pues antes de que los romanos llegasen a la capital una embajada kushita consiguió un acuerdo de paz. Las crónicas romanas cuentan que los africanos estaban liderados por una reina que usaba el título de kentake, algo así como reina guerrera, o reina madre. En torno a este episodio se tejió toda una leyenda que incluso relacionaba a estas reinas guerreras con Alejandro Magno.

La arena se acumula en los rincones y en algunas pirámides las paredes exteriores están resquebrajándose

El auge de Meroe tuvo lugar en el siglo I d.C., en el reinado del rey Natakamani y la reina Amanitore. Se construyeron y ampliaron varios templos y palacios no solo en Meroe, sino también en Naqa, Musawwarat es-Sufra y Jebel Barkal. Curiosamente los templos volvían a estar dedicados a Amón, a veces compartiendo espacio con Apedemak. En el recinto real de Meroe se ha encontrado una avenida con esfinges que comunicaba el templo principal con otros secundarios, restaurados y ampliados en el reinado de Natakamani. Por desgracia la conservación ha sido pésima y no puede verse casi nada in situ. La arena cubre sin piedad los muros de templos y palacios.

Diversas fuentes hablan del comercio y la minería del hierro como las principales actividades económicas. Las mercancías del interior de África viajaban hasta Egipto, incluso a Roma, y como contrapartida se importaban numerosos productos del Imperio Romano, como lo prueban los ajuares funerarios encontrados.

Precisamente la drástica disminución de este comercio parece ser la causa principal de la decadencia del reino nubio. El control romano del Mar Rojo y su utilización como vía comercial dejó al Nilo en un segundo plano. Hacia el siglo III d.C. el reino etíope de Axum tomó el control de los contactos comerciales con Roma, mientras que Méroe languidecía. El último rey que puede datarse con cierta seguridad es Tequerideamani, que aparece citado en una inscripción en la isla de Philae fechada en el reinado del emperador Treboniano Galo (251-253 d.C.). Las excavaciones en la necrópolis real han encontrado ajuares que pueden fecharse hacia mediados del siglo IV d.C. como fecha más reciente. A partir de ese momento la ciudad parece deshabitarse y el cementerio no volverá a utilizarse. Una estela axumita del siglo IV d.C., que relata la victoria de un rey cristiano etíope sobre el reino de Meroe, quizá explica su abrupto final.

La necrópolis real

A cinco kilómetros al este de la ciudad se hallan dos grupos de pirámides, uno al norte y otro al sur. El primero que se construyó fue el del sur; allí fue enterrado Ergámenes, su familia, y alguno de sus sucesores, pero pronto los constructores decidieron situar la necrópolis real sobre una loma rocosa a pocos centenares de metros al norte, lo que ahora es el grupo principal de pirámides. Hay otra necrópolis secundaria cerca de la ciudad, destinada a príncipes y funcionarios de alto rango.

La necrópolis sur de Meroe, la más antigua

Los enterramientos no se realizaron nunca en el interior de las pirámides, a diferencia de la costumbre egipcia, sino en una especie de hipogeo subterráneo al final de un pasillo descendente. Las tumbas tenían tres cámaras para los reyes y dos para las reinas. Después de construida, la tumba se coronaba con una estructura piramidal y la entrada, siempre mirando al este, se remataba con dos pilonos y una capilla.

Las pirámides tienen una base estrecha (máximo 20 m. de lado) y una altura no superior a 30 m., lo que da una inclinación de las paredes de entre 60 y 65 grados. Las más antiguas eran ligeramente escalonadas, pero las de la necrópolis norte, las más llamativas, están construidas con sillares cúbicos que forman aristas con apariencia de escalera. El interior está compuesto de cascotes y piedra suelta. La inclinación de las caras lleva a pensar que pudieron terminar en punta, pero más bien estaban truncadas. Los sillares exteriores fueron enlucidos con yeso y pintados con colores, tal como se aprecia en algunos de los restos originales. El aspecto actual, sobre todo los remates superiores, se debe a varias restauraciones llevadas a cabo desde 1970.

La necrópolis norte contiene 38 tumbas reales, entre las que el aventurero italiano Giuseppe Ferlini descubrió, en 1834, la de la reina Amanishaketo. En una pequeña cámara en el interior de su pirámide el italiano encontró un valioso ajuar.

La necrópois norte al atardecer, destacan los remates reconstruidos de algunas pirámides menores

Los templos del león

Hay en Sudán dos asentamientos urbanos del reino de Meroe con restos más importantes que los de la propia capital. Ambos se caracterizan por el papel relevante del dios Apedemak.

En el lugar llamado Musawwarat es-Sufra se conserva parte de un conjunto de templos y residencias. Uno de esos templos, del siglo III a.C., sigue los cánones de los templos egipcios incluso en su decoración, como los demás, pero está dedicado al dios de cabeza de león Apedemak. Consta de una nave y una entrada con dos pílonos. Las inscripciones están en jeroglífico egipcio, y en ellas se habla de Apedemak como señor de Naqa y Musawwarat. En las paredes exteriores se representa al rey Arnakhamani (ca. 235-218 a.C.) haciendo ofrendas a Isis, Amón, Apedemak y otros dioses del panteón sincrético meroítico.

Templo de Musawwarat es-Sufra

El lugar pudo ser una residencia estacional para la familia del monarca, y se sabe que en los edificios colindantes residieron varias reinas.

Unos kilómetros al sureste de Musawwarat se encuentra Naqa, una población kushita en la que pueden verse varios templos del periodo meroítico. El de mayor tamaño está dedicado a Amón, y fue fundado por el rey Natakamani y la reina Amanitore. Tiene la planta característica egipcia, con una avenida de carneros en el acceso, dos pilonos, un patio porticado, sala hipóstila y santuario.

Relieves en la pared sur del templo de Apedemak en Naqa (s. I d.C.)

El segundo templo es muy similar al de Musawwarat tanto en la forma como en la advocación, pues está dedicado a Apedemak y a exaltar a la pareja gobernante, de nuevo Natakamani y Amanitore. Ambos están representados en los relieves como vencedores de sus enemigos y participando en una procesión de dioses. Su iconografía se aleja de la tradición egipcia con rasgos de indumentaria nubia.

Frente al templo de Apedemak se levanta un pequeño kiosco grecorromano, dedicado a Isis, que plasma sobre el terreno la ineludible influencia del Imperio romano sobre este remoto reino nubio.

Kiosco grecorromano de Naqa

Posiblemente Naqa fue una ciudad surgida al reclamo de una vía de comunicación que, desde Meroe, llevaría hasta el Mar Rojo siguiendo algunos wadis antaño fértiles. En cualquier caso, su potencial arqueológico es muy superior al de Meroe.

Bibliografía:

– ALI MOHAMED, A. y J. Anderson. Highligths from the Sudan National Museum. Jartum: The Sudan National Museum, 2013.

The Archaeological Mission Musawwarat.

– The Archaeological Sites of the island of Meroe. Nomination file: World Heritage Center, National Corporation for Antiquities and Museums, Republica de Sudán, Enero 2010.

Vista general de la necrópolis norte de Meroe

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