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El fenómeno megalítico surgió en Europa Occidental hace unos 8000 años antes del presente y perduró hasta casi el I milenio a.C. Durante este amplio período de tiempo de unos 5000 años se desarrolló en la Península Ibérica, al igual que en el resto de Europa, un tipo de economía basado en la agricultura y la ganadería. En las sociedades que adoptaron esta nueva forma de subsistencia aparecieron pronto dos nuevos elementos en la cultura material: la cerámica primero y los utensilios de metal algo después; tomándolos como base, los prehistoriadores han dividido este período en dos etapas: el Neolítico o Edad de la Piedra Pulimentada (6000 – 3000 a.C.) y la Edad de los Metales (3000 – ca. 400/50 a.C.).

Anta da Cunha Baixa2

Orca da Cunha Baixa (Mangualde, Viseu, Beira Alta)

A continuación reproducimos un esquema cronológico de este período, válido para Europa Occidental en general y para la Península Ibérica en particular.

1. Neolítico (6000 – 3000 a.C.):

1.1. Neolítico Antiguo (6000 – 5200 a.C.).

1.2. Neolítico Pleno (5200 – 3000 a.C.).

2. Edad de los Metales (3000 – ca. 400/50 a.C.):

2.1. Calcolítico o Eneolítico (Edad del Cobre) (3000 – 1800 a.C.):

2.1.1. Calcolítico pre-millarense (3000 – 2500 a.C.).

2.1.2. Calcolítico millarense (2500 – 1800 a.C.):

2.1.2.1. Calcolítico millarense precampaniforme (2500-2100 a.C.).

2.1.2.2. Calcolítico millarense campaniforme (2100 – 1800/1400 a.C.).

2.2. Edad del Bronce (1800 – 700 a.C.):

2.2.1. Edad del Bronce Antiguo (1800 – 1500 a.C.).

2.2.2. Edad del Bronce Medio (1500 – 1200 a.C.).

2.2.3. Edad del Bronce Final (1200 – 700 a.C.).

2.3. Edad del Hierro (700 – 400/50 a.C.).

La ubicación de forma sincrónica en este esquema de todos los fenómenos culturales de similar naturaleza, surgidos durante este tiempo en la Península Ibérica, ni es posible, ni es aplicable de manera uniforme a todo el territorio. Así, mientras que en el área mediterránea hay indicios de neolitización en el VI milenio a.C. y claras muestras de una economía agrícola-pastoril en el V, en el norte peninsular continúa existiendo una economía cazadora-recolectora a mediados de este último. De lo que sí estamos seguros es de que desde comienzos del VI milenio a.C. se puede hablar ya del inicio del proceso de neolitización en la Península Ibérica con la aparición de las primeras cerámicas impresas cardiales en la franja mediterránea peninsular hacia 5800 a.C. Posteriormente, hacia 4500 a.C., se inicia el Neolítico en Aragón; hacia 3700 a.C. en la Meseta; y no será hasta el 3000 y el 2500 a.C., cuando se inicie en la Cornisa Cantábrica y Galicia respectivamente.

El tipo de economía desarrollado durante este período tiene como consecuencia una mayor sedentarización y especialización del trabajo, que ya desde su primera etapa, el Neolítico, modifica la organización social de las agrupaciones humanas, pasándose de las sociedades de bandas, propias de las comunidades cazadoras-recolectoras, a las sociedades tribales, más complejas en su estructura que las anteriores. A medida que va evolucionando este sistema socio-económico, se va produciendo un incremento de la producción, motivado por los avances tecnológicos y los sistemas de irrigación, que tiene como consecuencia un almacenamiento del excedente productivo y un considerable aumento demográfico. Todo esto conlleva, sobre todo en su segunda etapa, coincidiendo con la aparición y evolución de la metalurgia, una organización social más fuertemente jerarquizada, desarrollándose el sistema de propiedad privada de los medios de producción. De este modo, en este momento nos encontramos con sistemas de organización social bastante evolucionados, tal cual son las jefaturas, constituyéndose así, el embrión de lo que se ha dado en denominar sociedades complejas, que abren el camino a las sociedades protoestatales o a los estados propiamente dichos.

Dos son los tipos de manifestaciones artísticas más importantes de esta época. Por una parte, la pintura rupestre o parietal de tradición epipaleolítica, que a comienzos de este período cuenta con algunas de sus mejores muestras, esquematizándose a medida que transcurren los tiempos neolíticos y se produce el advenimiento de la etapa metalúrgica. Este arte rupestre se localiza fundamentalmente en la franja mediterránea peninsular y regiones adyacentes.

Dolmen de Pulnabrone (Irlanda)

Dolmen de Poulnabrone (Condado de Clare, Irlanda)

Por otra parte, aparecen las primeras muestras claras de arquitectura. Ésta está atestiguada por los monumentos megalíticos más primitivos de época neolítica, hacia mediados del V milenio, y por los primeros poblados al aire libre, muchos de ellos fortificados, surgidos en torno al 3000 a.C., justo al final del Neolítico y al inicio del Calcolítico (es preciso tener en cuenta que en las anteriores fases neolíticas, el hábitat se encuentra documentado en pequeños asentamientos de agrupaciones de cabañas o en cuevas). Estos poblados calcolíticos se ubicaban en altos cerros, y las partes de los mismos que no se encontraban defendidas de forma natural por cortados o gargantas, estaban fuertemente amuralladas, constituyendo verdaderos bastiones defensivos, muy similares a los existentes en el Mediterráneo Oriental. Hacia 2500 a.C. destacan en la Península Ibérica los poblados de Los Millares (Almería) y Vila Nova de São Pedro (Extremadura portuguesa).

En un momento algo anterior al surgimiento de esta arquitectura de carácter defensivo o de control del territorio, habría que situar la aparición del fenómeno megalítico. Éste surge, como se ha dicho, en pleno Neolítico, durante la segunda mitad del V milenio a.C. en la fachada atlántica europea. El megalitismo no es una cultura en sí misma, sino un fenómeno constructivo propio de culturas muy diversas, que cronológicamente se extiende desde estas fechas hasta los comienzos de la Edad del Bronce Antiguo (hacia 1800 a.C.).

Las primeras teorías, aceptadas hasta la década de los años sesenta del siglo XX por gran parte de los arqueólogos, consideraban el megalitismo europeo como un fenómeno de origen común. Las interpretaciones propuestas afirmaban que la aparición de este tipo de tumbas se debía a un cambio en los aspectos religiosos de las sociedades europeas, propiciado por la difusión de nuevas creencias procedentes del Mediterráneo Oriental.

Vere Gordon Childe

Vere Gordon Childe en la década de 1930

El principal representante de esta teoría fue el arqueólogo australiano Vere Gordon Childe (1892-1957), que sostuvo que la difusión del fenómeno fue llevada a cabo por “misioneros” orientales. Frente a la perspectiva orientalista dominante, se oponía la tesis autoctonista, apoyada por un reducido grupo de investigadores, entre cuyos partidarios se encontraba el arqueólogo catalán Pere Bosch Gimpera (1891-1974), que defendió unos orígenes peninsulares para el megalitismo europeo.

A partir de la década de los sesenta, las dataciones por radiocarbono, efectuadas en algunos monumentos megalíticos occidentales, pusieron de manifiesto su mayor antigüedad respecto a los pretendidos prototipos orientales, con lo que el modelo difusionista cayó en descrédito. El nuevo reto consistió entonces en responder a la pregunta de cuáles fueron las causas de la aparición de tales monumentos y de explicar su diversidad formal. Algunos investigadores, como el arqueólogo galés Glyn Daniel (1914-1986), reconocieron que las semejanzas formales que en su día arguyeron los difusionistas para demostrar un origen común se debían más a las limitaciones impuestas por la propia técnica arquitectónica megalítica que a la influencia de unas mismas ideas.

El arqueólogo británico Colin Renfrew (1937-) puso en relación el incremento de población experimentado en Europa durante los inicios del Neolítico con el hecho de que las primeras tumbas megalíticas apareciesen en la fachada atlántica (Bretaña y Portugal) a mediados del V milenio a.C. Los megalitos serían indicadores, con una función consistente en reafirmar los derechos sobre la explotación de un determinado territorio por parte de pequeños grupos de población unidos por relaciones de parentesco (sociedades segmentarias). En una situación de presión demográfica sobre una zona donde la migración no era una solución viable, la construcción de una tumba colectiva habría representado un notable esfuerzo común que ayudaba a cohesionar internamente al grupo local y que constituía un aviso para posibles competidores por el territorio.

Robert Chapman comparte lo esencial de las hipótesis de C. Renfrew, pero enmarca el megalitismo desde una perspectiva más amplia. Para él, la disposición de los muertos en un espacio formalizado, sea en megalitos o no, supone la expresión de los derechos de un grupo corporativo sobre el acceso a los recursos básicos para la subsistencia (tierra cultivable, pastos, cursos de agua, bosques…) en momentos de crisis. La necesidad de expresar tales derechos por medio de estructuras más visibles respondería a situaciones donde la presión de la sociedad sobre tales recursos fuera más aguda. Dentro de este marco teórico, Bradley y R. Chapman explican la variabilidad de los megalitos y el incremento de los objetos de prestigio hallados en ellos como resultado de la competición social por el estatus entre los líderes locales.

M. Shanks y C. Tilley consideran que el ritual funerario era el escenario de estrategias de dominio y de sabotaje (domination and resistance) que implicaban la manipulación de una compleja estructura de significaciones simbólicas. Las relaciones de poder establecidas por los individuos adultos o ancianos sobre los jóvenes y por los hombres sobre las mujeres dentro de las sociedades de linajes, intentarían reproducirse en el ritual mediante la reafirmación de una ideología que exaltaría lo colectivo. Al propio tiempo, los dominados tratarían de subvertir este orden social negando o transgrediendo las normas del ceremonial.

Vera Leisner

Vera Leisner trabajando en su despacho

K. Kristiansen considera preciso incluir los monumentos megalíticos dentro de la dinámica global de reproducción social. Las sepulturas responderían a funciones concretas y diferentes en la reproducción de cada sociedad y sólo podrían ser comprendidas mediante un examen de la totalidad de la evidencia. La construcción de megalitos estaría relacionada con una estructura reproductiva que vinculase en cierta manera las actividades de subsistencia, la organización social y la religión.

Por lo que respecta a la dispersión de estas construcciones, ésta abarca toda la Europa Occidental, especialmente sus fachadas atlántica y mediterránea, y el Norte de África (en esta zona se puede mencionar el Dolmen de Sourre Kabanawa, en Harar, Etiopía), aunque se extiende también por el Cáucaso, llegándose a encontrar manifestaciones de este fenómeno en Extremo Oriente. Los ejemplares más antiguos documentados arqueológicamente se encuentran en Bretaña (Francia) y el Alemtejo (Portugal), y ofrecen unas cronologías en torno al 4500 a.C. A este respecto fueron cruciales los trabajos realizados en la Península Ibérica el pasado siglo durante la década de los años cuarenta y la primera mitad de la de los cincuenta por el matrimonio de arqueólogos alemanes Georg Leisner (1870-1957) y Vera Leisner. Estos datos comprobados mediante la técnica de datación por radiocarbono refutaron definitivamente, tal y como se ha comentado anteriormente, las tradicionales teorías del origen oriental de este tipo de monumentos, abogando por un origen autóctono, según la teoría emitida por C. Renfrew.

Dispersión del megalitismo

Mapa sobre la dispersión del fenómeno megalítico

 

 

 

 

 

 

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